Había una vez

Había una vez
tres niños y una madre,
ésta les enseñó
un hermoso aprendizaje.

Un cinco de febrero
les regaló unas semillas,
les dijo que debían plantarlas
y regarlas día a día.

Todos se preguntaron
que sentido tenía
pues aquel regalo
de nada les servía.

Su madre les dijo
que si cuidaban la planta
frutos grandes les daría
y además sabrían
que tipo de persona serían.

Pasaron las semanas…
el uno seguía regando con alegría,
el segundo dubitativo
empezó a decir que no sabía,
empezó a cuestionarse si hacía bien lo que hacía.
Y un tercero dijo que era absurdo
dejándolo al siguiente día.

Meses más tarde,
el segundo deprimido dijo que se rendía
pues había esperado demasiado
y era muy complicado cuidar la planta
pues seguía diciendo que no sabía.

Un año después,
el primero consiguió tener frutos
mientras que los demás
no disfrutaron de ninguno.

Entonces su madre les preguntó:
¿Sabéis porque el si tiene y vosotros no?
No es el hecho de que os halláis rendido,
tan solo es una cuestión de percepción.

Vuestro hermano siempre creyó en sí mismo
en lo que podía llegar ser y hacer
la vida no te regala nada
te lo has de merecer.

En todo lo que hagáis
debéis ser constantes
pues de lo contrario
nada lograréis.

Y si algo no sabéis,
hacer como hacen las plantas
y salir a buscar lo que necesitéis
pues ellas cuando no tienen luz
colocan sus hojas hacia donde el sol esté.

De ese modo llegaréis a ser grandes,
de ese modo sobreviviréis,
y seréis felices porque hermosos frutos recogeréis.

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